PROTECCIÓN DE MENORES · DEPORTE

Presión en el deporte infantil: señales de que tu hijo puede estar dejando de disfrutar
La exigencia, el miedo a fallar y la presión de los adultos pueden transformar su relación con el deporte. Estas son algunas señales que conviene observar.
Rafa marca el gol, y lo primero que hace su padre no es mirarlo a él. Es levantar el móvil para grabarlo.
Cada año, miles de niños y niñas dejan de disfrutar del deporte y no es porque no les guste o no sean buenos, sino porque alrededor de algo que debería pertenecerles a ellos empiezan a crecer expectativas que pertenecen a los adultos.
Expectativas sobre cuánto tiene que entrenar, hasta dónde podría llegar, cuánto debería esforzarse o sobre qué significa ganar y, cada vez más, sobre cómo debe verse todo eso desde fuera.
Detrás de esas expectativas hay padres y madres que, en la inmensa mayoría de los casos, tienen las mejores intenciones, pero lo que no tienen en cuenta es que las buenas intenciones también pueden presionar.
Conozco familias en las que ya no basta con que los niños jueguen, tienen que brillar, entrenar más, competir mejor y aprovechar sus condiciones.
Por si eso no fuera poco, además, lo más importante es que tiene que verse.
¿En dónde?
En el grupo de WhatsApp del colegio, en una story o en un reel en sus redes sociales.
¿Por quién?
Por el mayor número de personas posibles.
¿Para qué?
No te lo voy a decir yo, te invito a tomarte 15 segundos y a que respondas honestamente lo primero que te venga a la cabeza.
Sea lo que sea. Aquí estamos solo los dos y yo no he venido a juzgarte.
¿Ya te has respondido?
Entonces seguimos:
Si te has reconocido en algo de esto, no hace falta que te castigues, lo interesante es que ahora te hagas esta pregunta que es mucho más difícil:
¿Estoy acompañando su experiencia deportiva o, sin darme cuenta, la estoy convirtiendo en un proyecto mío?
La investigación sobre deporte base lleva años estudiando la influencia de los padres en la motivación de los jóvenes deportistas. Hoy sabemos que cuando los niños perciben demasiada presión parental aparecen asociaciones con una menor motivación propia y con mayores niveles de agotamiento deportivo.
Lo interesante es que no hace falta que un padre grite desde la grada para que exista presión, a veces basta con que, en los días previos o el día del partido mientras vais en el coche, tu hijo escuche esto:
“Hoy tienes que salir a romper”
“Este partido es importantísimo”
“Con las condiciones que tienes, tienes que ser el mejor de tu equipo”
“Si entrenases un poco más…”
Lo que tu hijo entiende cuando te escucha decirle cosas como estas es:
“Esto es muy importante para ti, así que no puedo fallarte.”
Conviene reconocer que las historias con tinte épico que nos han contado de grandes deportistas como Nadal o Messi no han ayudado: empezó muy pronto, entrenó más que nadie, renunció a muchas cosas y llegó el éxito, el prestigio social y el dinero.
Es como si muchos padres convirtiésemos, sin ninguna reflexión previa, esas historias en la hoja de ruta de nuestros hijos e hijas.
Entrenar más, especializarse antes, competir más, descansar menos. Es como si la infancia fuese únicamente la primera fase de una carrera deportiva que todavía no sabemos si ese niño quiere tener.
Además, hoy tenemos incorporado un elemento diferenciador: la audiencia.
Los investigadores utilizan el término sharenting para referirse a la práctica de los padres que comparten fotografías, vídeos o información sobre sus hijos en redes sociales.
Los estudios sobre esta práctica han observado que compartir la vida de nuestros hijos también puede servir a los adultos para construir nuestra propia identidad pública: mostrar quiénes somos como padres, qué familia tenemos o de qué nos sentimos orgullosos.
El deporte base nos ofrece material perfecto para hacerlo: la foto con la medalla, el vídeo del gol, la convocatoria, el torneo, el niño levantando la copa.
Conservar un recuerdo de manera privada está bien, el problema empieza cuando el niño deja de saber si aquello que hace es suyo o también forma parte de algo que los adultos necesitan enseñar.
Es entonces cuando tu hijo puede cambiar incluso la razón por la que entrena y practica deporte: ya no juega únicamente para disfrutar, lo hace para responder a una expectativa que no es la suya: es la tuya.
Aquí volvemos al principio.
Da igual que esa expectativa aparezca desde la grada, en el coche de camino al partido o cuando convertimos cada gol, cada medalla o cada convocatoria en algo que necesitamos enseñar.
Para tu hijo, la pregunta puede acabar siendo la misma:
“¿Qué pasa si no estoy a la altura de todo esto?”
Porque cuando siente que su rendimiento importa tanto a los adultos que le rodean, jugar mal, perder o dejar de destacar puede dejar de ser simplemente una parte del deporte para convertirse en la sensación de estar decepcionando a alguien.
Si esa presión se mantiene en el tiempo y se combina con demasiada exigencia, demasiada carga y demasiado poco espacio para recuperarse, aparece un riesgo que la investigación lleva años estudiando: el burnout deportivo.
La American Academy of Pediatrics (AAP) publicó ya en 2007 un informe clínico específicamente dedicado a lesiones por sobreuso, sobreentrenamiento y burnout en niños y adolescentes, y lo actualizó en 2024.
En esa actualización explica que los desequilibrios prolongados entre las cargas de entrenamiento y la recuperación pueden tener consecuencias físicas y psicológicas, y define el burnout deportivo mediante tres elementos:
Agotamiento físico o mental.
Disminución de la sensación de logro.
Devaluación del deporte.
Además, lo identifica como una de las principales causas de abandono del deporte juvenil.
No hablamos, por tanto, de que un niño vuelva cansado de entrenar o tenga un mal día, sino de algo mucho más profundo: de que aquello que le gustaba empieza a agotarle, deja de sentir que lo hace suficientemente bien y puede terminar perdiendo el interés por practicarlo.
El burnout, además, no tiene una única causa: la presión, el entorno, la carga deportiva, la falta de recuperación y otros factores personales y sociales pueden intervenir.
Por eso importa tanto preguntarnos qué ocurre cuando un niño empieza a sentir que ya no juega únicamente para disfrutar o mejorar, sino también para no decepcionar a quienes están mirando.
La palabra importante para mí no es “fracaso”, es miedo.
Miedo a equivocarse, a no estar a la altura, a perder aquello que los adultos celebran cuando todo va bien y, a veces, miedo a decepcionarlos.
Un estudio realizado con 258 deportistas adolescentes de alto nivel, de entre 15 y 19 años, encontró una relación entre el miedo al fracaso, el estrés psicológico y el burnout. Los jóvenes con mayores niveles de miedo al fracaso presentaban también mayores niveles de estrés y agotamiento deportivo.
Hay niños que empiezan a llorar antes de competir y otros vuelven a casa enfadados después de cada partido, algunos dejan de dormir bien, están más irritables o se vuelven extraordinariamente exigentes consigo mismos.
Eso no significa que cualquier niño que esté cansado, duerma mal o se enfade tenga burnout, pero la propia Academia Americana de Pediatría advierte de que la fatiga, los problemas de sueño y los cambios de estado de ánimo pueden aparecer cuando existe un desequilibrio prolongado entre entrenamiento, estrés y recuperación.
Suelen decir:
“No quiero ir”.
Solemos responder:
“Venga, que después lo pasas bien”.
“Es solo cansancio”.
“No puedes dejarlo ahora”.
“Hay que aprender a sacrificarse”.
Recordemos aquello que nos han dicho siempre de que para ganar hay que sufrir. Con esas frases resulta mucho más difícil distinguir cuándo el esfuerzo forma parte del deporte y cuándo el deporte ha dejado de hacerles bien.
Los datos sobre abandono deportivo tampoco permiten una explicación única porque los niños y niñas dejan de practicar deporte por muchas razones, pero cuando los investigadores estudian los motivos aparecen repetidamente algunos factores:
La pérdida de diversión.
Los conflictos con entrenadores o padres.
La sensación de presión.
La aparición de otros intereses.
La American Academy of Pediatrics recoge un dato procedente de Estados Unidos que lleva años llamando la atención: alrededor del 70 % de los jóvenes abandona el deporte organizado antes de los 13 años. El propio informe advierte de que la presión percibida, la pérdida de disfrute y el burnout forman parte de los factores relacionados con ese abandono.
Quizá deberíamos detenernos un poco más en algo tan sencillo como dejar de divertirse porque un niño de diez años no debería necesitar una carrera deportiva. Lo que necesita es jugar, aprender, competir, ganar algunas veces y perder muchas otras.
Incluso puede que necesite descubrir un día que ya no quiere seguir jugando a aquello y que prefiere hacer otra cosa y es entonces cuando necesitará poder hacerlo sin sentir que está decepcionando a nadie.
Creo que la pregunta más importante que podemos hacernos los adultos no es hasta dónde puede llegar nuestro hijo. Es otra:
¿Seguiría haciendo este deporte si supiera que a mí me da exactamente igual hasta dónde llegue?
Si la respuesta nos incomoda, merece la pena revisar algunas cosas: cómo le hablamos, qué celebramos, qué preguntamos al terminar.
En vez de “¿has ganado?”, probar con “¿lo has disfrutado?”, en vez de explicarle durante todo el viaje de vuelta lo que podría haber hecho mejor, escuchar y, en vez de convertir cada logro en contenido, permitir que algunas cosas importantes de su vida simplemente le pertenezcan y, cuando falle, porque va a fallar muchas veces, pensemos en qué va a encontrar cuando busque nuestra mirada: si queremos que encuentre decepción, o refugio.
Cuando nuestro hijo sea adulto, puede que recuerde algún gol y alguna medalla, pero lo que no va a olvidar nunca es cómo se sentía contigo cuando jugaba.
¿Decepción, presión o refugio?
Si esto te ha removido algo, déjamelo en los comentarios y reenvíaselo a quien creas que necesita leerlo.
Sobre la autora.
Beatriz Gelpi Ferreira
Especialista en protección de menores y prevención de la violencia en el deporte. Cofundadora de Juntos Invulnerables. Máster en Formación Permanente en Derecho Deportivo, SafeSport® Trained por el U.S. Center for SafeSport. Formadora en LOPIVI , asesora externa para la Xunta de Galicia.
