top of page

Juntos Invulnerables

Juntos en el deporte. Invulnerables en la vida.

PROTECCIÓN DE MENORES · DEPORTE

Mi hijo quiere dejar el equipo: qué puede pasar y qué hacer

Antes de convencerlo, averigua qué ha pasado: señales que observar, cómo preguntarle, cómo escuchar y cuándo pedir ayuda.

“Mamá, no quiero volver al equipo”

 

Tu hijo puede decirte esto un martes cualquiera, cinco minutos antes de salir de casa. Puede que no te diga nada y que, de pronto, cada vez que toca entrenamiento se queje de que le duele la barriga.

 

La primera reacción de la familia suele ser “¡Pero si a ti te encanta ir a entrenar!” o “No puedes dejarlo a mitad de temporada”.

 

El querer abandonar un equipo, por sí solo, no es una señal de alarma. Puede que quiera practicar otro deporte porque sus intereses han cambiado.

 

También puede suceder que esté pasando una mala racha deportiva, que se sienta frustrado porque juega menos o que tenga alguna dificultad para integrarse en el equipo.

 

Una señal aislada no es una alarma, no demuestra que exista acoso, violencia o un problema con su entrenador.

 

Es una puerta que se nos abre para observar si hay más señales, por ejemplo, otro tipo de conductas que coincidan con un cambio claro respecto a cómo era antes:

 

·      Inventa excusas de forma constante para no entrenar.

·      Se muestra especialmente nervioso antes de un entrenamiento o de una competición.

·      Vuelve a casa triste, enfadado o excesivamente callado.

·      Tiene miedo a equivocarse.

·      Dice que es malo, que no sirve o que siempre lo hace todo mal.

·      Muestra un alivio desproporcionado cuando finalmente no tiene que ir.

 

La primera pregunta que creo que tienen que hacerse las familias es “¿Qué ha cambiado?”

 

El objetivo de esta pregunta es entender. Necesitamos crear un espacio seguro en el que él pueda explicar cómo está viviendo ese deporte.

 

Por tanto, no se trata de abrir una conversación para convencerlo de que siga o buscar un culpable.

 

En ocasiones, los padres afrontamos las preguntas a nuestros hijos con las respuestas ya preparadas.

 

Tal vez hayamos visto que juega menos, que el entrenador le gritó un día y que hay un compañero que se mete con él. De manera natural nos sale preguntar: “¿Es por el entrenador?”, “¿Algún compañero te ha hecho algo?”

 

Estas preguntas comprensibles tienen un problema: introducen la respuesta en la pregunta y nuestro hijo ya no parte de lo que él quiera contar, sino de lo que nosotros creemos que está ocurriendo.

 

Antes de afrontar esa conversación como padres tenemos que hacernos una pregunta a nosotros mismos:

 

¿Quiero saber qué le pasa o quiero confirmar lo que creo que le pasa?

 

 

Parece una diferencia pequeña, pero cambia por completo la conversación.

 

 

¿Cómo abrimos esa conversación sin convertirla en un interrogatorio?

 

Suele funcionar comenzar con algo que hemos observado, pero sin interpretar:

 

“He notado que últimamente no te apetece ir a entrenar ¿Ha cambiado algo?”

 

A partir de ahí, las preguntas abiertas permiten que sea él quien construya el relato.

 

·      ¿Cómo te estás sintiendo últimamente cuando vas a entrenar?

·      ¿Hay algo de los entrenamientos que ya no te está gustando?

·      ¿Cuándo empezaste a sentirte así?

·      ¿Qué es lo que peor llevas ahora mismo?

 

No se trata de hacer todas las preguntas una detrás de otra como si estuviéramos en un interrogatorio porque lo que queremos es abrir una puerta y no obtener toda la información del tirón.

 

Lo que buscamos en ese primer momento es: “Quiero saber qué te está pasando”

 

Escuchar es importante.

 

Tan importante como callarnos. Cuando nuestro hijo comienza a relatar algo que nos preocupa, de manera inmediata queremos saber el quién, el cuándo, el dónde, qué hizo uno y qué el otro y qué tenemos que hacer mañana.

 

Se trata de una reacción automática que es preciso contener porque escuchar de verdad exige permitir que termine.

 

Sin completar sus frases, sin aprovechar sus silencios para hacer más preguntas, sin corregir su relato y, sobre todo, sin decidir de inmediato si aquello es grave o no.

 

Asentir, decirle “te escucho” y permanecer a su lado puede ser suficiente para que tu hijo pueda seguir hablando.

 

Sus silencios pueden significar que la conversación está siendo difícil para él y que trata de buscar palabras, ordenar lo que siente o comprobar nuestra reacción ante su relato.

 

Los padres solemos traducir muy deprisa lo que nos cuentan nuestros hijos. Hacemos asociaciones inmediatas del tipo:

 

·      “El entrenador siempre la toma conmigo”, entonces es que tiene un problema con el entrenador.

 

·      “Soy malísimo”, pensamos que le falta autoestima.

 

Puede ser que sí, o puede ser que no. Una herramienta que nos permite entenderlos mejor es la de devolverle con nuestras palabras lo que creemos haber entendido y permitirle que nos corrija.

 

·      “Cuando dices que la toma contigo ¿quieres decir que sientes que te trata de forma diferente a los demás?”

 

·      “Entonces, lo que peor llevas no es equivocarte, sino lo que ocurre después de que te equivocas. ¿Te he entendido bien?”

 

Reformular nos permite comprobar que no estamos sustituyendo su experiencia por nuestra interpretación.

 

Es importante que no solo estés atento a lo que tu hijo dice, sino también a cómo lo dice. Puede que el primer día que intentes hablar con él te diga que “no pasa nada” pero siga mostrándose nervioso cada vez que llega el día del entrenamiento, vuelva callado o observes que ha dejado de hablar con compañeros con los que antes estaba a gusto.

 

Aunque no nos dé información por sí sola que nos permita concluir que está pasando algo grave, nos da información para seguir estando atentos y disponibles.

 

Nuestra buena intención puede hacer que se callen.

 

Muchas veces dejamos de escuchar a nuestros hijos porque formulamos respuestas muy rápidas que nacen con buena intención, pero que pueden provocar que el niño no quiera seguir contándonos más.

 

1.    Juzgar: “Eso que hiciste está fatal”, “Tú también habrás hecho algo”. Antes de conocer la situación completa, el juicio puede colocar a nuestro hijo a la defensiva.

2.    Interpretar: “Lo que te pasa es que estás celoso porque tu compañero juega más”. Puede que sea verdad, pero esa explicación sigue siendo nuestra, no suya.

3.    Minimizar para consolar: “No es para tanto”, “Todos los entrenadores gritan”, “Mañana ya se te habrá pasado”. Lo que ofrecemos como consuelo para tranquilizarlo puede transmitirle que lo que le pasa no merece demasiada atención.

4.    Resolver demasiado pronto: “Pues no vuelves y punto”, “Mañana llamo al entrenador”. Antes de actuar, primero hay que comprender qué ha ocurrido y qué necesita nuestro hijo.

5.    Llevar la conversación a nuestra experiencia: “A mí también me gritaba mi entrenador y no pasó nada”. Eso habla de nosotros, de un tiempo y de unas formas de actuar que hoy, por el conocimiento que tenemos, pueden ya no ser válidas.

 

¿Qué hacer si no quiere contármelo todo?

 

A veces, aunque sepamos que algo ha cambiado, nuestro hijo no quiere hablar o solo nos cuenta una parte.

 

Insistir hasta conseguir una explicación completa puede cerrar la puerta que necesitamos mantener abierta.

 

En este caso lo que necesitamos es crear las condiciones adecuadas para que nuestro hijo sienta que puede contarlo.

 

Para eso, podemos decirle algo tan sencillo como esto:

 

“No tienes que contármelo todo ahora. Cuando quieras seguir hablando, estoy aquí”.

 

 

¿Qué hay detrás de un “no quiero volver”?

 

No hay una única respuesta para responder. Puede haber una pérdida de motivación, cansancio, dificultades técnicas, miedo a equivocarse, problemas con los compañeros, presión por el rendimiento o incluso puede ser que haya dejado de disfrutar de lo que hace.

 

También podemos estar ante una reacción ante determinados tipos de conducta de los adultos que, durante mucho tiempo, se han considerado normales dentro del deporte:

 

·      Gritos y humillaciones.

·      Comentarios sobre su cuerpo.

·      Bromas que siempre recaen sobre el mismo niño.

·      Castigos desproporcionados que los llevan a sus límites físicos o psíquicos.

·      Exposición pública de sus errores.

·      Comentarios hirientes disfrazados de exigencia.

 

Durante años hemos normalizado frases como estas:

 

·      “Llora menos y corre más”

·      “El deporte no es para blandos”

·      “Así no vas a llegar a nada”

·      “Tu hermana sí que valía”

·      “A mí me lo hicieron y tampoco salí tan mal”

 

Hoy en día sabemos más y entendemos mejor cuáles son las consecuencias en nuestros hijos de determinadas frases y conductas que se han normalizado en el entorno deportivo.

 

Normalizar una frase o una conducta no la vuelve adecuada y tampoco lo hace que en el pasado sí fuera una frase o una conducta admitida.

 

Con el conocimiento actual se hace obligado cambiar la mirada y revisar cosas que antes no llamaban la atención.

 

¿Hablo con el entrenador o con el club?

 

La respuesta puede ser diferente si en el lugar en el que residimos existen o no protocolos de protección contra la violencia en el deporte.

 

Como regla general podemos fijar la siguiente:

 

1. Si nuestro hijo relata cuestiones deportivas ordinarias: minutos de juego, posición, expectativas, dificultades técnicas, adaptación al grupo, etc…, hablar con el entrenador puede ayudar a comprender mejor la situación.

 

2. Si nuestro hijo relata insultos, humillaciones, amenazas, agresiones, miedo a una persona concreta o cualquier comportamiento de un adulto que pueda comprometer su bienestar:

 

2.1. Si existe un protocolo de protección de obligado cumplimento, acudiremos a comunicar la situación de nuestro hijo, a la persona del club que esos protocolos indiquen a través del canal de contacto que tenga establecido la entidad.

 

2.2. Si no existe ese protocolo, debemos poner la situación en conocimiento de las personas responsables del club.

 

En todo caso, si hablamos de conductas graves como puede ser, por ejemplo, un contacto físico inapropiado o un mensaje privado con contenido inapropiado de un adulto a nuestro hijo, conviene comunicarlo a las autoridades públicas competentes.

 

En ningún caso, los padres tienen que convertirse en investigadores ni tratar de reconstruir por su cuenta todos los hechos.

 

El papel de la familia, en este caso, es el de acompañamiento: escuchar, conservar la calma, tomar en serio lo que el niño está contando y comunicar la situación, a quien corresponda según existan protocolos o no.

 

¿Y si simplemente quiere dejarlo?

 

Puede que tras la escucha y la observación, detrás del deseo de nuestro hijo de dejar su equipo no exista una situación de violencia que requiera una intervención específica.

 

Puede suceder también que haya existido una experiencia que explique su rechazo y que, tras haberla abordado correctamente, nuestro hijo siga diciendo que no quiere continuar.

 

¿Qué hacemos entonces?

 

Durante mucho tiempo la relación entre los adultos y los menores se construyó desde una idea fundamentalmente protectora: los padres sabían lo que era mejor para ellos y los padres decidían de manera unilateral.

 

Hoy en día el enfoque de la relación adultos – menores es otro: proteger sigue siendo responsabilidad del adulto, pero el niño debe poder comprender, expresar su opinión y participar progresivamente en las decisiones que le afectan.

 

Se llama la cultura del buen trato: no se limita a que los niños estén seguros y cuidados, implica que puedan sentirse protagonistas de su vida y participar en las decisiones que les afectan.

 

Entre los elementos de esa cultura del buen trato se incluye expresamente que los niños sean escuchados, reciban información comprensible y puedan expresar su opinión, teniendo en cuenta en cada caso sus capacidades evolutivas y, por tanto, su edad y madurez.

 

La investigación relaciona el abandono temprano de la práctica deportiva en niños y adolescentes con diversos factores: pérdida de disfrute, percepción de baja competencia, presiones sociales, aparición de otras prioridades y factores físicos como madurez o lesiones.

 

El “ya no quiero” puede significar cosas psicológicamente muy distintas.

 

Apoyar la autonomía de nuestro hijo no implica dejarlo solo ante la decisión.

 

Puede que nuestro hijo no quiera abandonar la práctica del deporte por completo, y que, simplemente, no sepa que puede cambiar de equipo o de deporte. En todo caso, nuestra conversación con él debe girar hacia la información.

 

Podemos ayudarle a pensar su decisión. No desde un enfoque de convencimiento del tipo “el deporte es bueno”, “has adquirido un compromiso”, “te enseña buenos hábitos” … que vuelve a colocar nuestra opinión en el centro.

 

El enfoque correcto de esa conversación es el de ayudarle a comprender qué es el deporte y qué opciones tiene dentro de él.

 

Tal vez nuestro hijo no quiere abandonar realmente el deporte, sino que quiere abandonar una determinada forma de entenderlo por parte de su club.

 

Existen aún proyectos deportivos basados en que el deporte es un lugar para endurecerse, que sufrir es parte del juego y que empujar a los menores a sus límites físicos y psíquicos es forjar carácter. Pero también existen proyectos deportivos que ponen la dimensión lúdica y educativa del deporte base delante de la presión por el resultado.

 

Puede ser que nuestro hijo necesite saber que existen otras formas de participar en la actividad deportiva y, para eso, podemos ayudarle haciéndole preguntas como estas:

 

·      ¿Qué es lo que ya no te gusta?

·      ¿Hay algo de tu deporte que todavía disfrutas?

·      ¿Querrías seguir jugando si fuera de otra manera?

·      ¿Hay algo que podría cambiar para que volvieses a tener ganas?

·      ¿Hay otro deporte que quieras probar?

 

Las respuestas nos permiten saber si estamos ante una dificultad que puede resolverse, una pérdida temporal de la motivación o una decisión bastante más profunda.

 

Apoyar la autonomía de nuestros hijos no implica dejarlos solos en la toma de decisiones. Se trata de que sepan que su opinión tiene peso, que intentamos comprender sus razones y que les ayudamos a pensar las consecuencias de lo que quieren hacer en lugar de sustituir sus razones por las nuestras.

 

Perseverar tiene sentido si nuestro hijo encuentra en el deporte algo que aún valora y si solo se trata de una dificultad que puede superar y no porque “ya hemos pagado la equipación” o porque piense que nos decepciona si abandona.

 

Los estudios sobre motivación deportiva encuentran que la permanencia en el deporte es más probable cuando su práctica conserva elementos de elección, disfrute, competencia y pertenencia.

 

La pregunta que tenemos que hacernos los padres antes de esta conversación es:

 

“¿Estoy ayudándole a atravesar una dificultad o le estoy obligando a permanecer en algo que ya no quiere hacer?”

 

Nuestro papel no es decidir por él ni tampoco limitarnos a aceptar cualquier decisión. Es ayudarle a entender por qué quiere dejarlo, ofrecerles la información que necesitan y acompañarlos para que puedan participar en una decisión que les afecta directamente.

Sobre la autora.

Beatriz Gelpi Ferreira

Especialista en protección de menores y prevención de la violencia en el deporte. Cofundadora de Juntos Invulnerables. Máster en Formación Permanente en Derecho Deportivo, SafeSport® Trained por el U.S. Center for SafeSport. Formadora en LOPIVI , asesora externa para la Xunta de Galicia.

  • LinkedIn
  • Youtube
  • substack
  • Instagram
Foto Bea_edited.jpg
bottom of page